Mi parte de guerra

Primer Premio en Cuento. Premio "Inauguración". Casa de la Cultura de Alvear (Corrientes).1991.Jurado: Juan Jose Manauta, Hebe N. Campanella y Orfilia Poleman.
Publicado por la Casa de la Cultura de Alvear. Premio Regional Inauguración. Ediciones Río de los Pájaros. 1991.
Primer Premio. Concurso de Cuento Joven, organizado por la Municipalidad de Rosario. 1991. Jurado: Ada Donato, Ana V. Llovel y Celia Fontán.
Publicado por Suplemento "La Isla" del diario UNO de Paraná. 2010.
Estamos en el refugio, debajo de la Escuela. Hace aproximadamente un
mes que empezó la guerra y los aviones enemigos pasan a cada rato a
tirarnos bombas. La Escuela es un lugar seguro. Antes de bajar,
arriamos nuestra bandera y visto desde allá arriba, el edificio
parece una cárcel abandonada. El único inconveniente es el espacio.
Este sótano, está albergando a más gente de la que puede, uno
entonces tiene que andar con cuidado. Entre los asistentes están el
cura del pueblo, el maestro y el intendente. Del comisario y del
jefe de la estación de trenes no sabemos nada. Justamente mi vecina
de lugar, que es también mi vecina en la superficie, me contó que
ambos partieron en el último tren que pasó antes de los primeros
aviones. Pero otros dicen que están muertos. Y es posible, estamos
hablando de personas obesas, a las que les debe haber costado
trabajo llegar antes del ataque. El peluquero asegura haberlos visto
tirados en una zanja, pero algunos, que no alcanzaron al tren, dicen
que desde el último vagón los saludaban. En este sótano no caben más
de cincuenta personas, sin embargo somos doscientas cincuenta. Todos
de pie, uno al lado del otro, separados por un cordón que divide a
la habitación en dos mitades y ubicados tal como dice el plano del
pueblo. Es decir, hay lugares que se inundan. Pero total, dice mi
vecina, si esa gente se inundaba en la superficie, está
acostumbrada. Lo importante –dijo el intendente en su primer
discurso– es que estemos juntos, quizá esto sirva para conocernos
mejor. Fue su discurso más optimista, los que vinieron después, y a
medida que fuimos conociéndonos, lograron que la moral descendiera.
Hasta se cree que el sábado no habrá baile. Mi vecina dice que es
porque el cura no quiere. Dice que al otro día nadie está despierto
para oír misa, y debe ser cierto: algo de eso dejó traslucir el
padre en su último sermón. Dijo que aún en estas circunstancias no
debíamos dejar de ser cristianos y, aunque sea una obviedad, todos
estamos de acuerdo cuando habla de compartir. Quien sí se amargó fue
el organista. Imagínese padre, le reprochaba a los gritos, si no hay
bailes no hay paga. Usted sabe muy bien que tampoco hay limosnas.
Nadie lo entiende al organista, nadie entiende cuál es la paga de
los bailes si acá abajo no hay dinero. Si hasta el Presidente del
Club, cuando organizamos el primer baile, dijo que la entrada era
libre y gratuita. Me acuerdo que se paró sobre un cajón
desvencijado, se alisó la corbata que todavía tenía limpia sobre el
vientre y, muy sonriente, dijo que a pesar de y por cuenta de y para
no olvidarse de, íbamos a festejar los cincuenta años el club. Con
los pocos papeles que teníamos hicimos unas guirnaldas, que un tal
Julio, haciéndose lugar como pudo colgó de un extremo al otro del
salón. Calvino, puntero del partido que nos gobierna, dijo que nunca
había visto una cosa igual y Julio, antes de que le diera la
depresión que hoy padece, lo festejó con una sonrisa. El organista
puso la música. Se las ingenió con una birome y un peine; le salió
un ritmo tipo cumbia que al principio nadie supo como bailar. Mi
vecina me tomó las manos y me dijo hay que moverse y yo traté de
acompañarla. A veces nos soltábamos y cambiábamos de pareja, pero
nadie se peleó por esto, y eso fue lo que rescató del baile el
Presidente del Club. Algunos muchachos dijeron que no hubo peleas
porque no había lugar ni para sacar una trompada. A pesar de que sí
había bebidas. En realidad, se trataba de un alcohol puro que nos
dejó la Cruz Roja y que el licorero rebajó y mezcló hasta
convertirlo en una especie de anís. Logrando que los heridos al
principio (también ahora) huelan a Ocho Hermanos. Cosa que el médico
advirtió antes de que se diera el parto que todos presenciamos.
Varón a simple vista y de cuatro kilos según los entendidos,
descansa bien de noche y se parece a la madre. Lo bautizaron pero no
pudieron anotarlo. El Juez de Paz se nos murió aquí mismo. Recuerdo
que no sé quién reparó en que había que anotar al bebé. Y cuando
todos pensamos en el juez, y lo buscamos, lo encontramos acurrucado
en un rincón completamente muerto. Mi vecina dijo yo no sé cómo no
sentimos el olor, pobre hombre. Aún así, lo velamos y al revés que
en la superficie, en sentida ceremonia, lo elevamos hasta el hueco
que nos conecta con la Cruz Roja. El intendente quiso asumir las
responsabilidades legales de anotar al bebé, pero un abogado que no
conozco le dijo que no tenía autoridad para eso, por lo que la
criatura permanece innominada, cada cual la llama a su antojo. La
flamante madre dice que es por culpa del abogado y todos sabemos que
armó el batifondo con el intendente porque es del partido opositor.
En aquella discusión, el abogado terminó diciéndole al intendente: y
ruegue que no tengamos elecciones acá, de lo contrario usted seguro
pierde. Se sabe que el abogado, para ganar adeptos, estuvo
repartiendo cepillos de dientes. Y lo hizo, según una señora que
vive cerca de mi casa, porque sin tenemos elecciones acá adentro, el
voto será cantado. A la vez mi vecina me recomendó que no la
escuchara, según ella, esa señora fabula demasiado. Acuérdese de la
otra vez, me dijo, cuando ella aseguró que sabía la fecha en la que
estábamos. Haciendo alusión a otros de nuestros inconvenientes. En
el apuro por refugiarnos nadie trajo almanaque, ni siquiera el
imprentero: Hay señores que tienen relojes con calendario, pero como
en todas las cosas, no se ponen de acuerdo. Calculamos el error en
un rango de tres días. Con tantos acontecimientos pegados hemos
perdido la noción del tiempo. Tal es así, que un amigo mío no sabe
todavía en qué fecha se casó. Todos le decimos que es lo menos
importante. Él nos recuerda que está viviendo su luna de miel. Es
decir, por ahora no tiene problemas, pero pronto empezarán los roces
de la convivencia. Entonces nos pregunta cuando tiene que dar por
terminada su luna de miel. Hay quien le dice hoy, otro mañana. Desde
luego que por el tragaluz podemos diferenciar la noche del día. Pero
a veces, cuando los aviones se ponen demasiado cargosos, la
luminosidad de las bombas nos confunde. Yo no sé por qué a los
aviones se les ocurre atacar de noche más que de día. Lo único que
consiguen es que los chicos se asusten el doble, y que mi vecina se
me acerque más de lo prudente. Con ella despertamos en posiciones
dudosas a las que el cura, quizás por la circunstancia, hace la
vista gorda. Pero varias veces nos negó la comunión. Rito que le
niega también a Rulfini, el loco del pueblo. Es que este hombre,
ansioso por no poder salir a la superficie, vive proponiéndonos a
todos que nos consideremos muertos. De esa forma no sufriremos,
dice. Cierto día el cura lo interpeló, recordándole que esto no era
el paraíso, que más bien se parecía al infierno y el loco, rodeado
de unos muchachos que comparten su idea, le respondió cargándolo: ¿y
a usted quién le dijo que irá al cielo? Según el librero, el
intendente amonestó después a Rulfini por dos razones: La primera es
que si estuviésemos muertos, él perdería autoridad y la segunda es
que parece que el intendente se considera a sí mismo como principal
custodio de la realidad. Aunque para amonestar al loco, el
intendente necesitó el apoyo del médico, quien entre tantas
actividades no dudó en extender un certificado de insania. El médico
es el hombre más ocupado del pueblo y esta nueva vida le abrió un
camino hacia la interdisciplina. Trabaja junto a una señora muy
famosa por sus curaciones informales y juntos progresan día a día en
el conocimiento de las propiedades del musgo. El farmacéutico, a
quien se considera principal responsable de esas investigaciones, se
defendió diciendo que en el apuro por refugiarse solo pudo traer una
caja de aspirinas. Por suerte, una mujer generosa en todo sentido va
aportando sus prendas como gasas y la Iglesia lo entiende. No así
los evangelistas, quienes sostienen que la Biblia no lo contempla.
Solo le piden, a la mujer claro, porque con el cura ni se hablan,
que al final de la guerra se convierta. Entre ellos la llaman
Magdalena y nosotros le decimos Mimí. Y aplaudimos cuando hay
enfermos que cubrir, y le propusimos al organista que le pusiera
música al asunto, pero él se negó. La barrita que sigue al loco dice
que por chupamedias, pero yo lo entiendo, ya que además de músico en
los bailes y en las misas, este hombre oficia de monaguillo, y no
soporta las contradicciones. Aunque pensándolo un poco, entre tanta
excitación que anda suelta, bien pueden tolerarse algunos deslices.
Y si no, dijo mi vecina, fíjese como anda el verdulero, a quien
nadie le quiere dar la espalda debido a sus promesas de frutas y
verduras para cuando termine la guerra. Que es en definitiva el gran
deseo colectivo. Y que se cumplirá según una señora media adivina
dentro de poco. Mientras tanto, solo tenemos oídos para la sirena.
Ella es la que nos anuncia permanentemente que debemos agachar la
cabeza, taparnos las orejas y preguntarnos quién será el que allá
afuera, en la superficie, la toca sin desmayos.
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