El testigo
Publicado en Rosario/12, febrero de 1994.
Publicado en
revista Tintas Nº 3. Seguí (E. Ríos), noviembre 2011
Ya se trata de otra atmósfera, ahora el hombre reinventa eso de
levantarse vaya a saber a qué hora de la madrugada a bostezar, a
escuchar las primeras advertencias de la ciudad. Una ciudad, y en
Rosario de eso saben, es más peligrosa en las primeras horas de la
mañana. Mata como con puñal, sin ruido. Tenía la vaga sospecha de
que levantándose cuando nadie lo hace, vería lo que nadie ve. Y esa
madrugada más que ninguna estaba dispuesto a ver hasta donde el
balcón lo permitiese. Y no diría nada, guardaría para sí algo tan
valioso como el inmenso secreto del testigo ignorado.
Ni bien aquel hombre de barba insignificante apareciera por la
esquina, otro, parado en la apariencia de esperar el primer ómnibus,
le asestaría sin razón evidente un golpe con una llave inglesa. Un
golpe exacto, ejecutado con prolijidad de herrero. El cuerpo del
golpeado tardó un doblarse de rodillas para caer de frente y rebotar
dos veces la cara ya con sangre contra el suelo. La escena no se
repetirá nunca, en ninguna parte. Ahí parecía terminar todo si no
fuera por eso del recuerdo y las visiones de otras mil veces del
hombre desplomándose, golpeando dos veces en las mil la cara contra
el suelo.
¿Y no era eso lo que quería? ¿No había invertido tantas horas de
sueño para obtener por fin lo que buscaba? Y qué hay del primer
sofocón de ver a un hombre (un hombre que parado en la esquina no
agregaba nada a nadie), desenfundar una llave inglesa (una
herramienta que a poco que la viéramos sólo se nos ocurriría ajustar
alguna tuerca) asestar de esa manera tan viril y tan precisa el
golpe de desgracia. Y qué hay del tomar conciencia de que por fin se
vio lo deseado. Aquello que justifica decir “Rosario es de temer”,
cualquiera te mata por nada. Porque una vez que el hombre estuvo
tendido, el otro, el preciso, guardó su herramienta en un bolso
verde que llevaba, sacó después un cigarrillo y como si recién
hubiera terminado de comer, dio una pitada larga provocando un humo
que la incipiente luz hizo vasto y previsible.
En el balcón, las piernas temblaron. ¿Pero no era eso lo que quería
ver? Pero las piernas temblaron y el corazón, más lejos de su ritmo,
se hizo grande como un niño tonto. El del balcón tomó conciencia de
que eso moviéndose dentro de sí era un lugar descontrolado. Y por
qué moverse, por qué volver al comedor, salir otra vez, apreciar al
hombre tendido y a la sangre ganando los bajorrelieves de la vereda.
Por qué tanto alboroto si eso era lo que quería ver y el tiempo, que
parecía correr rápido, no pasaba tan rápido.
Tuvo que andar la sangre su buen trecho para que alguien notara que
en la esquina había un hombre tendido. Un hombre que visto así, no
era más que una víctima apañada por los taxis deteniéndose, por las
demás personas, pocas, curiosas, perfectas como manzanas,
acercándose sin el privilegio de saber las cosas desde el principio.
Para qué acercarse, ¿para contarlo? No, para aprender a no doblar
así como así una esquina sin ver lo que los otros llevan en la mano.
A ciertas horas, en Rosario, no hay que cruzar miradas, hay que
caminar con la firme convicción de que nada pasará y el que sufrió
el golpe no lo sabía. Provocó su propia muerte en una distracción
imperdonable. Antes de que el golpe le cayera, levantó la vista para
mirar a otro hombre que desde un balcón lo observaba. El muerto no
sabía que el del balcón anhelaba como nadie aquel golpe y que no era
por rareza que estuviera ahí, sino para vengar su ignorancia.
Entonces, como cauce, todo entró en el terreno de las
justificaciones inconfesadas. El corazón dejó de ser un órgano
notable, se soltaron como piolas los brazos de la baranda del
balcón. Se aquietó también el ir y venir de la sala al comedor y se
volvió, como se vuelve a tomar agua a la espera de otras madrugadas,
donde algo, sin ser tan definitivo, moviera un poco el aire tenso de
Rosario.
Volver al Indice |