Alvin Aller entre las olas y el viento
Publicado en Rosario/12, febrero 1992.
Estamos en los jardines de la casa de vacaciones de Alvin Aller. Él ahora viene hacia nosotros, viste un bermudas blanco y una camisola color crema. Estas merecidas vacaciones le van dejando marcas del sol
en la piel, se lo ve distendido y feliz. Más atrás viene corriendo su perro Query, es un San Bernardo. Un cachorro travieso que quiere morderle los talones. Alvin lo aparta. Nos mira mostrándonos el atrevimiento de Query y sonríe. Es la típica sonrisa adolescente de quien parece no haber tomado conciencia del éxito logrado en la temporada pasada.
Nos rodea mucha gente. Gente que como nosotros quiere verlo y
escucharlo. Hace más de un mes que Alvin no se muestra en público.
El público lo entendió. Alvin mismo, antes de recluirse en este
lujoso barrio lo dijo: estoy agotado. Ahora él viene caminando y le
arroja un objeto que no distinguimos (tal vez un juguete) a su
perro. Query no entiende, mira para todos lados como preguntándose
qué debe hacer. Corre por los jardines, es un pompón blanco en el
verde, dando brincos de chico tierno y torpe. Quizás con el mismo asombro, la gente observa como Alvin recupera el juguete y vuelve a arrojarlo en otra dirección. El cachorro ahora entiende y se lanza a la carrera para atraparlo. Alvin nos mira, con la mirada nos pide que apreciemos el gesto de Query. El público, a nuestras espaldas, aplaude. Es un aplauso de júbilo. El de saber que Alvin está otra vez con su gente y que se brinda a ella con el mismo entusiasmo que le viéramos en sus actuaciones. Tener tan cerca una estrella produce estos fenómenos. Esta corriente afectiva, espontánea.
Quisiéramos que él ya estuviera pegado a la verja para preguntarle
cómo se siente, si ya descansó lo necesario y qué contratos esperan
su firma. La próxima temporada será dura. Nosotros, aunque el sol
nos tire el verano encima, estamos dichosos de hacer esta nota, aunque sabemos de la timidez de Alvin, de que quizá no hable demasiado. A pesar de lo ampuloso de su residencia, es un muchacho modesto, de costumbres campechanas.
Alvin todavía no tomó el sendero que lo dirige hasta aquí, se entretiene ahora con unas flores (son jacintos y nardos) y llama a su Jardinero. Nicky, se le escucha gritar. Nicky se asoma. Es un hombre de unos cincuenta años, de pelo cano y apariencia paternal. El San Bernardo ladra y va a jugar con el jardinero de la misma manera que lo hizo con Alvin. Esto le causa gracia a Alvin, que vuelve a mirarnos como para que a pesar de la distancia registremos el hecho. El Jardinero aparta al perro sin violencia y se
le acerca. Ambos observan las flores que detuvieron a Alvin. No podemos saber de qué hablan. Imaginamos que Alvin da algunas instrucciones o hace consultas. Fueron instrucciones. El jardinero va hacia el cobertizo. Cientos de bocas lanzan al césped una brisa que por momentos nos roza la cara. El público sonríe. El perro de Alvin se regodea mojándose, ladra y se revuelca. Se embarra. Alvin, esquivando el riego, se retira, corre hacia a la casa junto a su perro y desde el
porche nos saluda. Es una mano al viento. Desde aquí hacemos lo mismo. Estamos conmovidos. El amor de Alvin por su público es
retribuido con más aplausos. Aún a la distancia, la gente goza de su presencia. Query ladra. Con sus ladridos nos vamos a estudios centrales.
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