Una siesta sin Montes
Publicado por Rosario/12, diciembre 1991.
Carlos Montes dijo que nos quedáramos tranquilos, si todo seguía así mañana o pasado cobrábamos. Éramos quince entre peones, soldadores y cañistas. Trabajábamos en la instalación de una tubería que bajaba al río una sustancia verdosa.
Hedionda como la peste. Íbamos desde el tanque conectando las partes del gusanito que ahora desemboca en el río. Era un martes cuando el petiso Montes dijo que mañana o pasado vendría la plata. Yo quería comprarle unas zapatillas a mi pibe y una bolsa para hacer los mandados a mi mujer. El zorro De la Vega se puso contento y dijo que se compraría dos damajuanas de blanco. Una para el sábado y otra para el domingo. Quiróz en cambio debía unos impuestos y pensaba pagarlos. Todos nos reímos. Recibir plata y dársela al gobierno, dejáte de joder Quiróz, le dijimos. En cambio Manuel Mendoza dijo que iba a viajar hasta Ceres, a visitar a su madre. Dejáte de joder, le dijimos, quedáte. Y volvimos a reírnos. Todo eso pasó en el almuerzo. El pelado Gorriategui hizo una boga con mucho picante, tomamos vino como locos. Nadie
quiso trabajar esa tarde, salvo Pereyra, que es Testigo de Jehová y ni agua toma. Aprovechamos que Montes se había ido a Rosario y detrás del tanque desde donde salía el gusanito nos tiramos a descansar. Tuco Manfredi silvó un chamamé demasiado arrastrado para mi gusto, dijo que cuando cobrara se iba a comprar un par de pantalones. García armó un cigarrillo y jugando amagó a quemarle la barba al viejo Pendino. El viejo Pendino estaba muy borracho, refunfuñó algo pero volvió a dormirse. Las moscas lo sobrevolaron sin suerte. Patricio dijo que estaba lindo para pescar y evocó otra vez una de dorados que nadie cree. Después nos dormimos todos, salvo Pereyra claro, que siguió cavando. Antes de
dormirnos le gritamos vos seguí que ya vamos. Y volvimos a reírnos. A las cuatro de la tarde más o menos llegó Montes. El cuadro no era para pintar. Catorce echados y uno solito trabajando. Nos sacó de un grito. Pero qué les pasa, dijo. Gorriategui le salió al cruce aclarando que hacía mucho calor. El viejo Pendino se puso de pie como un soldado, preguntándole a todo el mundo qué pasaba. El Tuqui Manfredi enfiló para los baños. Pero Montes se enojó más y dijo no muchachos, así la cosa no va. Pereyra, que no tenía nada que ver, se arrimó. Montes le dijo qué, vos tampoco querés trabajar. Entonces Pereyra volvió medio asustado a la zanja. Patricio siguió durmiendo como si nada. Montes se la agarró con Gorriategui. Escúcheme Pirincho, le pedí que no comprara más vino. Pirincho Gorriategui no tenía palabras. Hizo apenas la mueca del que no sabe si está en su derecho y miró el suelo como buscando una respuesta. Montes lo amenazó con traer a los patrones hasta la obra para mostrarles lo poco que habíamos avanzado. Cuando todos volvimos al trabajo, Gorriategui, medio enojado, es cierto, se me arrimó confesando: mirá este Montes, antes de ser capataz era un atorrante, ahora es un alcahuete. Yo me sorprendí en serio y casi en broma le dije: aguantátela Pirincho, por algo le entregaste a tu hija.
Volver al Indice |