Gogol en Rosario
Publicado por Rosario/12, noviembre 1991.
No hay nada mejor, por lo menos para Rosario, que la peatonal Córdoba. Ella aquí lo significa todo. ¡Con qué esplendor refulge esta calle, ornato de nuestra ciudad! Yo sé que ni el más mísero de sus habitantes cambiaría por todos los bienes del mundo la peatonal Córdoba. No sólo el hombre de veinticinco años, de magníficos bigotes y levita maravillosamente confeccionada, sino también aquel de cuya barbilla surgen pelos blancos y cuya cabeza está ya pulida como una fuente de plata, se siente entusiasmado con la peatonal Córdoba. ¡En cuánto a las damas! ¡Oh! Para las damas, la peatonal Córdoba es todavía más agradable. ¿Y para quién no está agradable? Apenas entra uno en ella percibe olor a paseo. Aunque vaya uno preocupado por algún asunto importante e indispensable, es seguro que al llegar a ella se olvidan todos los asuntos.
Este es el único lugar donde la gente se exhibe sin sentirse acuciada por la necesidad o el interés comercial que abraza a todo Rosario. Diríase que el hombre que se encuentra en la peatonal Córdoba es menos egoísta que el de calle Santa Fe, San Lorenzo, Maipú, San Luis, San Martín y demás calles, en las que la avaricia, el afán de lucro y la necesidad aparecen impresos en los rostros de los peatones y de los que la atraviesan al vuelo de sus bicicletas y otros carruajes. La peatonal Córdoba es la principal vía de comunicación de Rosario; aquí el habitante de Echesortu o de Barrio Belgrano, que hace mucho no visitaba a su amigo residente en Alberdi o en Fisherton, puede estar seguro de que le encontrará sin falta. Ninguna guía ciudadana ni ninguna oficina de información podría suministrar noticias tan exactas como puede hacerlo la peatonal Córdoba. ¡Oh, todopoderosa peatonal Córdoba! ¡Unica distracción del humilde en su paseo por Rosario! ¡Con qué pulcritud están barridas sus aceras y, Dios mío, cuántos pies han dejado en ellas sus huellas! La torpe bota del soldado retirado, bajo cuyo peso parece agrietarse el mismo granito; el zapatito diminuto y ligero como el humo de la joven dama, que vuelve su cabecita hacia los resplandecientes escaparates de los almacenes, como el girasol hacia el sol; el retumbante sable del teniente lleno de esperanzas que las araña al pasar, todo deja impreso sobre ellas el poder de su fuerza o su debilidad. ¡Cuánta rápida fantasmagoría se forma en ellas tan sólo en el transcurso de un día! ¡Qué cambios sufren en veinticuatro horas!
Empecemos a considerarlos desde las primeras horas de la mañana, cuando todo Rosario huele a panes calientes y recién hechos y está lleno de viejas con vestidos rotos y envueltas en capas que asaltan primeramente las iglesias y después a los transeúntes compasivos. A esta hora la peatonal Córdoba está vacía: los robustos propietarios de los almacenes y sus comisionistas duermen todavía dentro de sus camisas de holanda o se enjabonan sus nobles mejillas y beben su café; los mendigos se agolpan en las puertas de las confiterías, donde el adormilado
Ganímedes que ayer volaba como una mosca portador de chocolate, ahora, sin corbata y con la escoba en la mano, barre arrojándole secos maníes y otros restos de comida. Por las calles circula gente trabajadora; a veces, también albañiles dirigiéndose a sus tareas y con las botas tan manchadas de cal, que ni siquiera toda el agua del río Paraná, famoso por su limpieza, hubiera bastado a limpiarlas. A esta hora no es prudente que salgan las damas, pues al pueblo rosarino le agradas usar tales expresiones, como seguramente no habrán oído nunca ni en el teatro. A veces, un adormilado funcionario la atraviesa con su cartera bajo el brazo, si se da el caso de que su camino a la Municipalidad pase por la peatonal Córdoba.
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